Un diluvio con contador: así se mide la desgracia en Álamo
Parece que la naturaleza, en un arrebato de creatividad destructiva, decidió que el municipio de Álamo, Veracruz, era el lienzo perfecto para su última y acuática obra maestra. Los daños provocados por las lluvias torrenciales y el predeciblemente impredecible desbordamiento de ríos se dimensionan, porque en la era moderna hasta la desgracia necesita métricas, con dos datos preliminares que son para enmarcar: al menos 21 mil viviendas dañadas y más de 80 mil almas con algún tipo de afectación. Porque, claro, ¿qué sería de una tragedia sin sus frías estadísticas?
La devastación, con esa falta de modales típica de los fenómenos hidrometeorológicos, no hizo distinciones. En la cabecera municipal, 50 colonias recibieron la indeseada visita de las aguas. Pero, para no ser acusado de centralista, el caos también se repartió generosamente por la zona rural, donde 66 localidades disfrutan ahora de nuevos paisajes con deslaves, viviendas convertidas en piscinas y el encanto de estar parcialmente incomunicadas con el mundo exterior. Una experiencia verdaderamente ‘retro’ para los habitantes.
El alcalde electo y su épica misión de contar escombros
En este escenario apocalíptico surge nuestra figura de esperanza: el alcalde electo, José Roberto Arena, quien, en un giro de trama digno de una serie, aún no ha tomado protesta (será el primero de enero) pero ya tiene la agenda más llena que un estadio en final. Con la anticipación de un boy scout, el morenista no solo supervisa las tareas de ayuda, sino que se ha lanzado a una épica cuantificación de daños. Sus primeras cifras, que suenan a inventario post-batalla, incluyen 500 calles afectadas en la cabecera y otras 450 en las localidades del municipio. Uno casi puede imaginarlo con una tablilla, contando baches y grietas como un moderno Heródoto de la catástrofe.
Su plan maestro, porque todo superhéroe municipal necesita uno, es realizar un diagnóstico exhaustivo para luego coordinarse con las altas esferas de las autoridades estatales y federales. La misión: las futuras tareas de reconstrucción. Y he aquí la genialidad burocrática: los estragos de la naturaleza serán meticulosamente incluidos en el Plan Municipal de Desarrollo. Es una estrategia impecable: primero la destrucción, luego la planificación. ¿No sería más fácil, quizás, planificar para prevenir? Pero eso, claro, carece del dramatismo necesario.
El señor Arena expuso, con la precisión de un notario, que el inventario de infraestructura dañada incluye 18 puentes con su propia y única personalidad de averías y 10 carreteras estatales que ahora son más aptas para canotaje que para el tráfico vehicular. La lista de vías afectadas – La Álamo – Ojite; La Tortuga – Sombrerete; y otras cuyos nombres suenan a pueblos de una telenovela – parece el itinerario de un viaje que nadie en su sano juicio querría realizar.
La logística del desastre: entre la ayuda y lo que brilla por su ausencia
Mientras tanto, en el presente inmediato, se realiza en el municipio la loable distribución de alimentos, la limpieza de lo que el agua dejó atrás, se otorgan servicios de salud y los albergues están activados para alojar a quienes el río les arrebató su hogar. Los censos de afectados avanzan, porque, repito, hay que contarlo todo. Sin embargo, en un guiño de realismo tragicómico, el propio alcalde electo destacó que falta lo esencial: distribución de agua (la ironía de carecer de agua después de una inundación es simplemente deliciosa), vacunación y fumigación de las zonas anegadas. Porque después de la inundación, lo que verdaderamente apetece es una buena nube de insecticida.
Junto con su vecina Poza Rica, el municipio de Álamo se lleva la dudosa honra de ser uno de los más castigados por este capricho de la climatología. Las intensas precipitaciones y el subsequente desbordamiento de los cauces han escrito otro capítulo en la larga y mojada historia de desastres naturales de la región. Una historia que, al parecer, se repite con la persistencia de una mala telenovela, pero con consecuencias infinitamente más graves y menos risueñas.
Así las cosas, los habitantes de Álamo se enfrentan a la titánica tarea de reconstruir sus vidas y su municipio, con la promesa de recursos económicos y materiales que, esperemos, lleguen con más prisa que la propia ayuda hídrica. Mientras, el río, ya calmado, deja atrás un recordatorio fangoso de su poder y una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿Hasta cuándo?
¿Te conmovió, indignó o simplemente te dejó pensando esta sarcástica crónica de un desastre muy real? No te quedes con la indignación. Comparte este artículo en tus redes sociales para que más personas sean conscientes de la magnitud de lo ocurrido en Veracruz y exploren más contenido relacionado con los efectos del clima y la respuesta de las autoridades. La información, incluso con un toque de humor ácido, es el primer paso para la acción.




