Aguas tranquilas, según el comunicado
La Secretaría de Marina-Armada de México acaba de soltar un boletín que es una obra maestra de la tranquilidad burocrática. Tras un patrullaje aéreo entre Veracruz y Tabasco, su conclusión es contundente: “no se identificaron manchas de hidrocarburo”. Nada. Cero. Aguas cristalinas.
El problema, claro, es que el mundo fuera del comunicado de prensa parece terriblemente descoordinado. Desde principios de marzo, las playas del litoral veracruzano han amanecido con regalitos negros y pegajosos. Incluso en la refinería Olmeca, el orgullo energético tabasqueño, han admitido al menos tres escapes de crudo.
Pero la Marina insiste. Estas labores de vigilancia son “permanentes”, dicen. Forman parte de su noble misión de proteger el medio marino. Y prometen seguir supervisando, en coordinación con todos los niveles de gobierno, para atender “cualquier eventualidad”.
La realidad que sí se mancha
Aquí es donde la ironía se vuelve tan espesa como el chapopote. Justo un día antes del optimista vuelo de reconocimiento, Greenpeace y la Red Corredor Arrecifal del Golfo de México soltaron sus propios datos.
Denunciaron que el derrame se extiende a lo largo de 630 kilómetros de litoral, llegando hasta Tuxpan y Tamiahua, al norte de Veracruz.
Es decir, prácticamente todo el Corredor Arrecifal del Suroeste del Golfo está en la zona afectada. Su comunicado no tuvo pelos en la lengua: pusieron en duda directamente a las autoridades que declaran playas limpias y a Pemex, que habla de un 85% de avance en la limpieza.
La evidencia de las comunidades costeras pinta otra película. Una muy distinta a la vista desde el avión militar.
Así estamos. Un gobierno que ve un mar impoluto desde el aire y organizaciones que documentan una catástrofe ambiental desde la orilla. Alguien, definitivamente, no está mirando al mismo lugar.




